La caída de Arturito: de niño prodigio del ajedrez a cartero en Ciempozuelos

Francisco Franco junto al niño Pomar

«El momento ha llegado. El rey convoca a su peón. Quiere conocerlo».

11 de diciembre de 1946. Francisco Franco, de uniforme militar, recibe en El Pardo a Arturito Pomar, de quince años, el campeón de España de ajedrez más joven de la historia y estrella emergente internacional al que muchos ven como futuro campeón del mundo.

«Conversan una media hora sobre ajedrez. Hablan acerca de la fulgurante trayectoria del niño prodigio, que este año ha aparecido en las páginas de ‘ABC’ hasta en noventa y una ocasiones. Poco más se sabe de este encuentro. Queda la fotografía, la única, transmitida por la Agencia EFE. Franco, que mira a cámara, ríe a boca abierta, cosa extraña en él, y pasa su mano izquierda por la nuca del muchacho… algo más que un gesto paternal. Arturito, cuya mirada fuera de campo tal vez se refugie en la de su padre, sonríe en idéntica proporción: brazos cruzados por detrás de la espalda, pelo esculpido… con raya a la izquierda, dos botones de la chaqueta desabrochados, pantalones bombacho, cara bonachona, un prodigio de inocencia… El chico sonríe… El niño mallorquín de familia humilde que conquista el ajedrez mundial desde una España mísera de solemnidad. El general sonríe. Sabe bien que, a pesar de la teoría, ningún peón se transforma jamás en dama. Que su destino no es otro que servir al bando. Que peones y reyes son como los alfiles de distinto color: sus caminos —siempre blancos, siempre negros— nunca se cruzan pese a compartir tablero o bando».

Lo cuenta Paco Cerdà en ‘El peón’, ensayo sobre los peones del franquismo y la Guerra Fría con Arturo Pomar como hilo conductor. «Ahonda en qué hace la Historia en mayúsculas con la vida de la gente minúscula», explica la editorial (Pepitas de Calabaza) sobre un texto que va de Pomar a Bobby Fischer, de Grimau a los mineros asturianos del 62, de España a EEUU, del sacrificio individual a las luchas colectivas. Una microhistoria de los peones.

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