La partida de ajedrez que decidió el destino de España

Es algo más que un juego; es una expresión de la eterna batalla entre ángeles y demonios. Y en alguna ocasión, sirvió para decidir el destino de un reino, como sucedió en la taifa de Sevilla en el siglo XI.  TEXTO Mariano F. Urresti

El rey Alfonso VI de Castilla llegó hacia 1078 a las puertas de Sevilla con un ejército suficientemente poderoso como para hacer claudicar al último rey abadí, al-Mu’tamid. La suerte estaba echada para los sevillanos, pero justo en los momentos de crisis es cuando brillan con luz propia los hombres más audaces, como sucedió con el visir Ibn ‘Ammar, favorito del rey árabe y hombre en quien confiaba las tareas más difíciles.

Abu Bakr Muhammad Ibn ‘Ammar (1031-1086) era un hombre de cuna humilde pero de gran talento. Extraordinariamente dotado para la poesía, era además un consumado jugador de ajedrez, y pensó que bien podía servir ese juego para salvar un reino y dar sentido al propio origen del mismo.

El tablero de ajedrez es una representación del mundo, y se le atribuye un origen indio. Sería la representación de un mandala, una forma de expresar los ciclos cósmicos.

El historiador Titus Burckhardt apunta que “las cuatro casillas interiores representan  las cuatro fases básicas de todos los ciclos, las épocas como las estaciones; la franja de las casillas que las rodea corresponde a la órbita del Sol con los doce signos del Zodíaco y la franja de las casillas exteriores a las veintiocho casas de la Luna”. Y añade: “la alternancia de blanco y negro es comparable al cambio de día y noche, nacer y morir”.

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