El día en que la FIDE se muda provisoriamente a Buenos Aires

Asume De Muro como Presidente de la FIDE (Noticias Gráficas, 19 setiembre 1939).
Asume De Muro como Presidente de la FIDE (Noticias Gráficas, 19 setiembre 1939).

por Sergio Negri y Juan Sebastián Morgado

Estamos en el extremadamente conflictivo año 1939. Alemania, que el año anterior había anexado Austria, ya en marzo invade Checoslovaquia. Interpretando como una señal favorable el Tratado que en agosto en Moscú suscriben Ribbentrop y Mólotov (en nombre de Hitler y Stalin), por el que se aseguraba que no habría agresiones recíprocas, fuerzas alemanas invadirán Varsovia muy poco después, exactamente el 1° de septiembre, dando comienzo a la ominosa Segunda Guerra Mundial.

Europa habrá de convertirse en el campo principal, aunque no único, de un conflicto que adquirirá proporciones inéditas, del que se derivará un clima de terror y horror, del que el Holocausto será una de sus principales expresiones, alterando en cualquier caso dramáticamente las condiciones de vida de millones de personas e implicando, una transformación geopolítica de vastas dimensiones que terminará por rediseñar el mapa mundial.

El ajedrez, que tenía a ese continente como el principal escenario del orbe desde el mismo momento en que el juego ingresó por España e Italia de la mano de los árabes, y por Bizancio y por la futura Rusia (en este caso bajo influencia persa), habrá de replegarse, como toda actividad cultural, en el marco de un contexto tan desfavorable.

No debe sorprender entonces, que la FIDE, organización mundial que se había fundado en 1924, se sintiera amenazada en su funcionamiento por lo que se planteó, y luego terminaría por suceder, mudar su sede desde los Países Bajos a la más neutral Suiza en busca de una paz que ninguna localización del Viejo Mundo (“viejo” mas no sabio) podía asegurar. En ese marco puede considerarse casi providencial que, en Estocolmo en 1937, se hubiera decidido que fuera la lejana Buenos Aires la anfitriona del próximo Torneo de las Naciones: por primera vez en la historia los Juegos se desarrollarían fuera de Europa.

Ese mérito le cupo a un país que venía teniendo un muy buen desempeño en la prueba; de hecho ocupó el cuarto lugar en la capital sueca y también algunos de sus integrantes obtuvieron preseas olímpicas por su actuación individual (Luis Palau fue el primero, aunque honorífico, medalla obtenida en la prueba oficiosa de 1924 en París). Para más, la Argentina había sido el único país extracontinental en participar de su primera edición oficial, la de Londres en 1927, cruzando un Océano que, por entonces, ni siquiera los EEUU se habían dispuesto a surcar. El austral país, a su vez, podía sentirse orgulloso al haber sido miembro fundador de la FIDE, entidad que había surgido en 1924 en la capital gala. Y su propia entidad madre nacional, la FADA, tenía previa existencia, pudiendo en cualquier caso evidenciarse un pujante clima ajedrecístico local que constituía a la nación austral, sin dudas, en líder regional y un potencial referente mundial.

Trasladándose la llama deportiva a esos confines del planeta y probablemente sin sabérselo a la hora de la nominación, se podrá asegurar en 1939 el transcurrir normal de una competencia que, muy difícilmente, se hubiera podido hacer en cualquier punto de una Europa que había perdido el rumbo de la paz. Es más, la fase final del Torneo comenzó justamente el 1° de septiembre, jornada que es considerada la del inicio de la guerra. El horror comenzaba, y habría de profundizarse. De hecho, la prueba de Buenos Aires, se convertirá en un salvoconducto para muchos ajedrecistas que decidieron transitoria o definitivamente, quedarse en suelo sudamericano. Se ha dicho, no exento de poesía, que las embarcaciones que pusieron proa hacia ese punto desde Europa con los representantes de los países a bordo, fueron virtualmente Arcas de Noé. Sólo así se pudo preservar el talento impar de tantos notables exponentes del juego.1

En ese sentido resultará notoria la situación del ulteriormente devenido en argentino, Miguel Najdorf. Pero también lo propio acontecerá con el sueco Gideon Ståhlberg; de quien será primer campeón israelí, Moshe Czerniak; de todos los integrantes del equipo alemán que a la sazón será el campeón (con el austriaco y también futuro argentino Erich Eliskases a la cabeza, quien por entonces tenía serias aspiraciones de desafiar al campeón mundial); del estonio Pal Keres (aunque permanece en la región por un corto lapso), y el de tantos otros.

Más allá de los valores olímpicos, se producirán otras dos presencias relumbrantes de quienes permanecerán en las tierras visitadas. Por un lado, la alemana Sonja Graf quien, repudiada en su país por su prédica antigubernamental, jugó el campeonato mundial femenino en Buenos Aires “bajo la bandera de la libertad”; y por el otro, la del escritor polaco Witold Gombrowicz, quien había llegado al sur en visita literaria, cuya extraordinaria novela Ferdydurke será luego traducida al castellano en un trabajo colectivo que emprenderán varios escritores cubanos y argentinos en el Café Rex, que contaba con… ¡una sala de ajedrez que habrá de ser dirigida, tras quedarse también en el país, por su compatriota Paulino Frydman!

Junto al Torneo de las Naciones se realizó el XVI Congreso de la FIDE, en el que se reunieron los delegados de los países, donde algo inesperadamente se adoptó una trascendente e inédita decisión. En efecto, en su cuarta sesión, realizada el 18 de septiembre de 1939, se acordó trasladar transitoriamente la sede de la FIDE a Buenos Aires (desde La Haya). Asimismo se resolvió nombrar “Presidente efectivo” de la entidad al titular de la Federación Argentina de Ajedrez, Augusto De Muro, con mandato hasta el próximo Congreso Internacional. Como reconocimiento, y tal vez para lograr su aquiescencia, se designa al saliente Alexander Rueb como Presidente Honorario.

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